Esa Noche en la Que Me Dejé Llevar
Sexo con maduros
Soy, Marcos, un hombre de 45 años con una vida familiar envidiada por muchos y una empresa propia que me mantenía ocupado, había estado viendo desde hace tiempo a mi hija Laura con sus amigas. Entre ellas, una muchacha llamada Sofía de 18 años. Ella es una hermosa jovencita, con cabello castaño oscuro y ojos azules brillantes. Su piel es suave y pálida como la de los angelitos. Desde el momento en que se mudó a nuestra casa para estar cerca de Laura mientras estudiaba en un colegio cercano, no pude evitar fijarme en ella.
A medida que pasaban las semanas, comencé a sentir una atracción cada vez más intensa hacia Sofía. Me excitaba verla caminar por la cocina con su delantal blanco, o sentada en el sofá leyendo un libro. Era muy agradable para mirar, y sentí que deseaba tocar esa piel suave y tenerla cerca.
Mi mente comenzó a inventar fantasías cada vez más explícitas sobre lo que podría hacer con ella si alguna vez tuviéramos la oportunidad. Me imaginaba besándola apasionadamente, explorando su cuerpo con mis manos, haciéndole estremecer de placer. Era un pensamiento constante en mi mente.
Finalmente, una noche que se quedó a hacer tareas con Laura bien entrada la hora, decidí actuar. Mientras preparaba un vaso de whisky en la cocina, escuché sus risas junto con las de mi hija en el salón. Me acerqué a ellos y nos saludamos cordialmente.
—Buenas noches, Sofía —le dije con una sonrisa—. ¿Todavía trabajando?
—Sí, señor —contestó con un gesto cansado pero contento de verme—. Laura me está ayudando a terminar estos deberes.
Entonces se acercó a mí y me dio un apretón en el brazo. Su tacto fue electrizante. No pude contener una corriente de deseo que me recorrió la espalda.
—Está bien —dije—, si no os molesta, me iré a mi cuarto a leer un poco. Si necesitan algo...
Me dirigí hacia la puerta cuando escuché un sonido repentino y callado proveniente del salón. Miré a Sofía con curiosidad y ella hizo lo mismo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó con una expresión de sorpresa.
—No sé —admití—, pero parece que alguien se movió ahí afuera.
En ese momento, Laura nos miró con un gesto inocente y dijo:
—Bueno, Sofía y yo hemos estado muy ocupadas, así que no nos dimos cuenta. ¿Queréis venir a ver lo que hicimos?
Sofía y yo intercambiamos una mirada de duda. Entonces, ella se acercó a mi hija y le dijo algo al oído.
—Claro —dijo Laura con entusiasmo—, ven Sofi,
Sofía me sonrió con cierto descaro y pasó cerca de mí rozándome ligeramente con su cuerpo. Sentí una oleada de calor que me recorrió la piel. Esa simple acción me hizo desearla intensamente en ese momento.
—Adiós —dije, tratando de mantener una actitud natural—. Descuiden.
Les di las buenas noches y me retiré a mi habitación, pero no pude dejar de pensar en Sofía. Me sentí tan excitado que decidí esperar un rato antes de acostarme. No podía concentrarme en leer, así que me acerqué al cuarto de baño para tomarme un bañito caliente y relajarme.
Mientras me duché, pensé en la forma en que Sofía se había movido cerca de mí y cómo me había hecho sentir con solo rozarme. Me puse duro al imaginármela desnuda, su piel suave contra mi cuerpo. Decidí ir a la cocina para tomarme un vaso de whisky antes de acostarme.
Al llegar allí, escuché un sonido extraño proveniente del salón. Volví a la habitación y vi a Sofía y Laura sentadas en el sofá, trabajando juntas. Parecían muy concentradas en sus tareas escolares, pero su presencia me excitaba aún más.
—¿Necesitáis algo? —pregunté con un tono amistoso.
Sofía levantó la vista y nos miró a los dos con una sonrisa cálida.
—No, papí. Todo bien. Solo estamos terminando un poco de tarea.
Me quedé unos minutos más cerca del sofá, pero no pude evitar fijarme en su figura estrecha y sus curvas seductoras bajo la sudadera que llevaba. Comencé a sentir una intensa erección que me incomodaba bajo mi pantalón.
—Buenas noches —dije finalmente, decidido a irme de allí antes de hacer algo imprudente.
Sofía se levantó del sofá y se acercó a mí con paso ligero. Me dio un abrazo que duró un poco más de lo necesario y me rozó el pecho con su mejilla mientras suspiraba suavemente.
—Buenas noches, Marcos —murmuró cerca de mi oído—. Descansa bien.
Yo apenas podía respirar al sentir su cuerpo pegado al mío. Me acerqué más a ella y noté que mi erección presionaba contra su muslo derecho. Ella se rió suavemente al darse cuenta.
—Mira qué grande está tu verga, señor —dijo con una sonrisita picara—. Parece que te gustaría jugar un rato.
En ese momento, Laura nos miró sorprendida desde el sofá.
—¿Qué pasa? ¿Todo bien?
Sofía me dio un apretón más en la cintura y se despidió con una caricia en mi muslo antes de volver al sofá para reanudar sus tareas. Me marché rápidamente a mi cuarto, pero no pude quitármela de la mente.
Una vez allí, decidí quitarme la ropa y me acosté desnudo sobre la cama. Comencé a masturbarme pensando en Sofía y cómo deseaba poseerla. Imaginé cada centímetro de su cuerpo, desde sus labios hasta su intimidad. Mi polla palpitaba con deseo mientras mi mano se movía rápidamente.
De repente, escuché un ruido en el pasillo que sonó como la puerta del baño abriéndose y cerrándose. Me acurruqué en la cama con el corazón latiendo fuerte, temiendo ser descubierto. Pero pronto me di cuenta de que era Sofía quien se movía cerca de mi cuarto.
—Marcos? —susurró suavemente al abrir la puerta un poco—. Necesito hablar contigo un momento.
Me senté en la cama con la respiración agitada, preguntándome qué quería esa chica que parecía estar llena de deseos tan oscuros como los míos. No podía creer que estuviera allí, a punto de entrar a mi habitación para hablar conmigo.
Sofía se acercó y cerró la puerta silenciosamente detrás de ella. Se paró en el umbral de la luz y me miró con una expresión seria.
—No podemos hacer esto aquí —dijo en un susurro—, pero no puedo resistirte más. Necesito tenerte dentro de mí.
Mi corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho al escuchar sus palabras tan explícitas. Sabía que era un acto imprudente y peligroso, pero no podía negarme a ella ni a mis propios deseos.
—Ven —le dije con una voz ronca de deseo—, estamos solos aquí dentro.
Sofía se acercó lentamente mientras deshacía su cabello castaño y me miraba con ojos brillantes de lujuria. Llevaba solo un camisón blanco fino que dejaba a la vista sus curvas y le permitía sentir el calor de su piel.
Me tendí hacia ella para acariciarle la mejilla y besar su boca con pasión. Ella me devolvió el beso con igual intensidad, sus labios suaves y húmedos contra los míos. Mi mano recorría su espalda desnuda mientras nuestros cuerpos se fundían juntos.
—Quiero sentirte dentro de mí —susurró Sofía cuando nos apartamos un poco para respirar—. Por favor, señor...
Le quité las bragas y la monté en la cama, posicionándola debajo de mí con sus piernas abiertas en una invitación tentadora
—Quiero sentirte dentro de mí —susurró Sofía cuando nos apartamos un poco para respirar—. Por favor, señor...
Tomé mi verga dura entre mis manos y acaricié el glande rosado antes de guiarme hacia su apretada y humeda entrada.
—Ah... —gimió Sofía al sentir la cabeza de mi polla presionando contra sus labios vaginales—. Por favor, hazlo...
Con un movimiento firme pero suave, empujé mi verga hacia adentro, sintiendo cómo su estrecha cavidad se cerraba a su alrededor. Sofía arqueó la espalda y cerró los ojos con un gemido de placer al sentirme ocupando su interior.
—Eso es... —susurró con una sonrisa satisfecha—. Toda mi...
Empecé a moverme lentamente, penetrándola con profundidad en cada embestida mientras me fundía contra ella. Sentía su calor envolviendo mi verga como un abrazo cálido y apretado.
Sofía gemía y se retorcía debajo de mí, sus pechos rebeldes moviéndose arriba y abajo con cada estocada que le daba mi polla. Sus manos se aferraban a mis hombros mientras me pedía más.
—Señor... —susurró entre gemidos—, te siento tan grande dentro de mí. Me encanta...
Cambiamos de posición para que ella estuviera sentada sobre mis caderas, lo que me permitió penetrarla aún más profundamente con cada embestida. Sofía se apoyó contra mi pecho y se movía con un ritmo sensual, frotando su clítoris contra mí mientras se dejaba llevar por el placer.
—Sofía... —murmuré contra su oreja—. Te sientes tan buena. Me encantas...
Ella me devoró el rostro con besos apasionados mientras nuestras caderas chocaban en un vaivén rápido y frenético. El sonido húmedo de nuestros cuerpos juntándose llenaba la habitación.
De repente, sentí que su cuerpo se tensaba debajo de mí y se estremecía con una oleada de placer. Sofía gritó mi nombre al alcanzar el clímax, su vagina contrayéndose violentamente alrededor de mi polla.
—Marcos... —gemió, sus ojos cerrados en éxtasis—. Me encanta...
Esa confesión me hizo perder el control y me lancé a un orgasmo intenso que me sacudió hasta los huesos. Me corrí dentro de ella con fuertes espasmos mientras la besaba con pasión, sintiendo cómo su cuerpo se aferraba a mí desesperadamente en las ondas de placer que nos embargaban.
Cuando finalmente nos quedamos quietos, jadeantes y cubiertos de sudor, Sofía se apartó lentamente de mi polla dura. La observé mientras se arreglaba su ropa con manos temblorosas, sintiendo una sensación de triunfo y posesión.
—Tengo que irme —dijo al fin en un susurro ronco—. No queremos que Laura descubra esto...
Me derrumbé contra la cama, agotado pero satisfecho por haber logrado mi objetivo. No podía creer que hubiera sido capaz de seducir a esa hermosa joven y satisfacer mis más oscuros deseos.
Sofía se inclinó para besarme brevemente en los labios antes de despedirse con un toque ligero.
—Hasta mañana —susurró mientras salía de mi habitación—. Prometo que volveré...
Después de asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada, me dejé caer sobre el colchón, sonriendo satisfecho mientras imaginaba lo que más podía hacer con esa joven seductora y lujuriosa. Había comenzado una aventura peligrosa pero excitante que solo iba a crecer con cada encuentro.
Por la mañana, cuando Sofía se fue de casa para ir a su escuela, no pude evitar acercarme a mi hija Laura con una sonrisa falsa y un sentimiento de culpabilidad por lo que había hecho.
—¿Qué te pasa, papá? —preguntó mi hija mientras tomaba el desayuno en la cocina—. Tienes una expresión extraña...
Me encogí de hombros, tratando de aparentar normalidad.
—Nada importante, Laura. Solo un sueño intenso que no me deja dormir muy bien —mentí con una sonrisa forzada—. ¡Vamos a llegar tarde si no nos vamos pronto!
Esa mentira se convirtió en la norma para mí durante las siguientes semanas. Varias noches, mientras mi hija dormía, Sofía y yo nos encontrábamos en secreto para satisfacer nuestros deseos más oscuros. Nuestros encuentros eran cada vez más apasionados y explícitos, llenos de juegos sexuales y posiciones increíbles que nos llevaban al límite del placer.
Pero no podía evitar sentir un cierto miedo por el peligro en que estaba metido con mi hija adolescente. Sabía que si alguien descubría nuestras relaciones, sería una catástrofe para todos los involucrados. Sin embargo, la atracción y la lujuria que sentía hacia Sofía me hacían olvidar los riesgos hasta que era demasiado tarde...
A
Escrito por Anónimo
Miembro de la comunidad.
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