Titulo Sexo con mi hijastra Categoria Amor filial
Mi nombre es Diego, tengo 45 años y soy un político influyente en mi ciudad. Desde siempre me caracterizó una apariencia imponente, con un cabello oscuro y bien peinado, ojos castaños penetrantes que transmiten autoridad, y un físico atlético debido a las horas de ejercicio diario. Mi esposa, Mercedes, falleció en un accidente automovilístico con su hermano hace cuatro años, lo que me dejó solo con las dos hijas adolescentes de el, Sofía y Lucía. La primera vez que vi a Lucía fue durante el funeral. Tenía 18 años entonces, era una muchacha delicada con cabello rubio claro y ojos azules que parecían brillar con un brillo especial en la tristeza del momento. A medida que pasaban los años, observaba cómo crecía y se desarrollaba, volviéndose cada vez más hermosa y atractiva para mí. Recuerdo con claridad el día en que me confesó que sentía una atracción hacia mí. Estábamos cenando juntos después de un largo día de trabajo político. Lucía se había vestido con un ajustado vestido rojo que realzaba sus curvas juveniles y su piel pálida, resaltando los contornos de sus pechos y cadera. Al hablar sobre algo trivial, nuestras miradas se cruzaron y noté una chispa de deseo en sus ojos cuando me observó. "Señor Diego... tío", comenzó a decir con timidez, "yo sé que es un tema delicado pero... hay algo en usted que me atrae. No quiero ofenderle, pero siento que podría ser más que solo familia para mí." Me sentí sorprendido y un poco incómodo al principio, pero también intrigado por su confesión. Mi mente empezó a fantasear con las posibilidades de una relación con mi sobrina, algo prohibido y pecaminoso, pero irresistible. "Lucía, eres una muchacha hermosa y muy especial", le respondí con cuidado, "pero no puedo aceptar esas sentimientos por ti. somos familia." Pero a pesar de mis palabras, no pude evitar observarla cada vez más atentamente durante los siguientes meses, notando su creciente madurez y sensualidad. Empecé a sentir una opresión en mi pecho cuando la veía vestida con ropa ajustada o se acercaba demasiado para abrazarme. Mis pensamientos se volvieron cada vez más lascivos. Una noche, mientras estábamos solos en la casa, Lucía me pidió hablar sobre su vida y sus sentimientos. Me senté frente a ella en el sofá de la sala, con mis piernas rozando ligeramente las suyas por error. Ella se acomodó cerca, presionando su cuerpo contra el mío sin darse cuenta. "Señor Diego... tío", susurró mientras me miraba directo a los ojos, "aunque usted no quiera admitirlo, yo siento que entre nosotros hay algo más que familia. Ese deseo es recíproco y crece cada día." Mi corazón palpitó con fuerza al escuchar su confesión abierta. Mi mente empezó a racionalizar la situación, argumentando que estaba haciendo lo correcto al rechazarla, pero mi cuerpo ya había decidido por mí.
"Lucía", susurré, tomándole las manos entre las mías con una decisión repentina, "yo también siento algo fuerte por ti. Pero debemos ser cuidadosos y hacer esto en secreto para evitar problemas." Ella asintió con la cabeza, mirándome con ojos brillantes de deseo. Sin mediar palabra, nos levantamos del sofá y nos dirigimos a mi habitación en silencio. Al cerrar la puerta detrás de nosotros, Lucía se acercó lentamente hasta que nuestros cuerpos casi se tocaron. Me miró con una mezcla de timidez y audacia, mientras sus manos comenzaron a desabrochar mi cinturón. "Quiero sentirte", susurró, besando mi cuello mientras despojaba lentamente mis ropas hasta dejar mi cuerpo desnudo ante su vista. Lucía se detuvo un momento para admirar mi firme pecho y mi erección visible. Luego, con una sonrisa traviesa, se arrodilló entre mis piernas y comenzó a acariciar mi miembro con sus pequeñas manos. "Estás tan duro por mí", murmuró mientras lo guiaba hacia su boca, "quiero probarlo." Con un movimiento suave, Lucía envolvió mi pene con su lengua antes de tomarlo entre sus dientes. Mientras la observaba perderse en el placer que le brindaba satisfacerme, no pude resistir la tentación de tocarla a mi vez. Me acerqué y comencé a desvestirla lentamente, revelando su cuerpo perfecto cubierto por un delicioso liguero. Al ver sus senos erectos bajo el material translúcido, apenas contuve una exclamación de placer. "Son tan bonitos", susurré mientras los tomaba y los frotaba con mi nariz, inhalando su dulce aroma femenino. Lucía se estremeció al sentir mi boca cerca de sus pezones. "Sí, tío", gimió, presionando mis labios contra ellos y enviándome corrientes eléctricas por todo el cuerpo, "te deseo tanto..." Continuamos en un intercambio de caricias y besos cada vez más apasionados. Lucía se subió a mi cama mientras yo la penetraba lentamente con mi miembro, disfrutando su calor y su frescura. "Te amo", susurré mientras me movía dentro de ella con lentitud, "eres tan perfecta para mí." Lucía gimió al sentirme profundizar en ella, clavando sus uñas en mis hombros. "Quiero que te vayas a la hoguera por amarme así", susurró entre gemidos de placer. Me moví con más fuerza dentro de su cuerpo, sintiendo cómo se estrechaba a mi alrededor. Las caricias y besos se intensificaron hasta un clímax explosivo que nos llevó a la cima del éxtasis juntos.
Después de un largo rato de entrega mutua, nos recostamos uno junto al otro en la cama, jadeantes y satisfechos. Lucía se apretó contra mí mientras suspiraba, "nunca me había sentido tan completa." Yo le respondí con una caricia suave por su espalda, "yo tampoco, mi amor. No sabes cuánto te deseo a ti."
Escrito por Anónimo
Autor y colaborador de la comunidad narrativa de Comunidad BDSM.



